
L
a tarde del 23 de junio en Palma se resiste a terminar. La luz permanece sobre la muralla mientras la ciudad empieza a prepararse para una noche que no será como las demás. Entre una calle y la siguiente, el mar aparece de pronto, cercano y disponible. A finales de junio, buena parte de la vida de la ciudad ya sucede junto al agua: allí se alargan las tardes, se sobrelleva el calor y terminan muchos de los planes. El mar hace tiempo que dejó de anunciar el verano. Ya forma parte de él.
En Sant Joan, esa relación con el agua conduce inevitablemente hacia el Parc de la Mar. Mientras el marès de la Catedral adquiere los tonos miel y ocre del atardecer, el parque empieza a llenarse de familias, grupos de amigos, voluntarios y miembros de las colles. La calma habitual del lugar va desapareciendo y, poco a poco, una parte cada vez mayor de la ciudad empieza a reunirse a los pies de la Catedral. Esa transformación es solo la parte visible de una celebración que lleva semanas preparándose. Antes de que llegue el público, vecinos, asociaciones y colles de dimonis han dedicado mucho tiempo a hacer posible que la Revetla vuelva a ocupar este espacio. Para entender cómo Sant Joan llegó a convertirse en una noche propia de Palma, hay que volver al lugar del que partió.
En la Palma de los años setenta, la ciudad crecía deprisa. Llegaban nuevos vecinos desde otros puntos de Mallorca y de la Península, y en muchas zonas los vínculos entre quienes compartían barrio apenas estaban empezando a formarse. En ese contexto, Sant Joan ofreció una ocasión para encontrarse fuera de casa, compartir otros espacios y empezar a reconocerse como parte de una misma comunidad. Maribel Alcázar Franco, presidenta de la Federació d’Associacions de Veïns de Palma, sitúa el origen de la Revetla dentro de ese movimiento ciudadano. La celebración comenzó en el Puig de Sant Pere, un barrio históricamente vinculado a pescadores, artesanos y trabajadores del mar. Allí, alrededor de una torrada de sardinas, empezó a crecer una fiesta mucho más pequeña que la que hoy reúne a miles de personas. La iniciativa no partió de las instituciones: los vecinos solicitaban los permisos, buscaban iluminación, preparaban las parrillas y organizaban el escenario.















