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La Revetla de Sant Joan, la noche en que Palma entra en verano
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Mario Flores
sustainability 2030
off the island
La Revetla de Sant Joan, la noche en que Palma entra en verano
Jun 25, 2026
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Mario Flores
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Jun 25, 2026
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La Revetla de Sant Joan, la noche en que Palma entra en verano
Jun 25, 2026
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Mario Flores
Foto: Ryan Noble / Black Goat
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a tarde del 23 de junio en Palma se resiste a terminar. La luz permanece sobre la muralla mientras la ciudad empieza a prepararse para una noche que no será como las demás. Entre una calle y la siguiente, el mar aparece de pronto, cercano y disponible. A finales de junio, buena parte de la vida de la ciudad ya sucede junto al agua: allí se alargan las tardes, se sobrelleva el calor y terminan muchos de los planes. El mar hace tiempo que dejó de anunciar el verano. Ya forma parte de él.

En Sant Joan, esa relación con el agua conduce inevitablemente hacia el Parc de la Mar. Mientras el marès de la Catedral adquiere los tonos miel y ocre del atardecer, el parque empieza a llenarse de familias, grupos de amigos, voluntarios y miembros de las colles. La calma habitual del lugar va desapareciendo y, poco a poco, una parte cada vez mayor de la ciudad empieza a reunirse a los pies de la Catedral. Esa transformación es solo la parte visible de una celebración que lleva semanas preparándose. Antes de que llegue el público, vecinos, asociaciones y colles de dimonis han dedicado mucho tiempo a hacer posible que la Revetla vuelva a ocupar este espacio. Para entender cómo Sant Joan llegó a convertirse en una noche propia de Palma, hay que volver al lugar del que partió.

En la Palma de los años setenta, la ciudad crecía deprisa. Llegaban nuevos vecinos desde otros puntos de Mallorca y de la Península, y en muchas zonas los vínculos entre quienes compartían barrio apenas estaban empezando a formarse. En ese contexto, Sant Joan ofreció una ocasión para encontrarse fuera de casa, compartir otros espacios y empezar a reconocerse como parte de una misma comunidad. Maribel Alcázar Franco, presidenta de la Federació d’Associacions de Veïns de Palma, sitúa el origen de la Revetla dentro de ese movimiento ciudadano. La celebración comenzó en el Puig de Sant Pere, un barrio históricamente vinculado a pescadores, artesanos y trabajadores del mar. Allí, alrededor de una torrada de sardinas, empezó a crecer una fiesta mucho más pequeña que la que hoy reúne a miles de personas. La iniciativa no partió de las instituciones: los vecinos solicitaban los permisos, buscaban iluminación, preparaban las parrillas y organizaban el escenario.

L

a Revetla fue ganando público hasta que las calles del Puig de Sant Pere dejaron de ser suficientes. A finales de los años ochenta, la Federació la trasladó al Parc de la Mar y la abrió al conjunto de Palma. El cambio respondía a una cuestión de espacio, pero también encerraba un significado mayor. El Parc de la Mar era el lugar que el movimiento vecinal había defendido con éxito frente al proyecto de construir un aparcamiento junto a la Catedral. Llevar allí la celebración suponía ocupar de nuevo un espacio que los vecinos sentían como propio.  

Desde entonces ha cambiado el tamaño de la fiesta, el programa y las generaciones que participan en ella, pero se mantiene su forma compartida de construirla. La mayor parte de ese trabajo sucede lejos del público, antes de que el parque se llene y todo parezca funcionar por sí solo. Alcázar lo resume con el lema de la Federació: «la fuerza de la unión». En Sant Joan, la frase toma cuerpo en quienes preparan el recinto, sirven comida, coordinan a las colles y permanecen allí cuando la música termina y todavía queda todo por recoger. Al caer la tarde, ese trabajo deja de ser invisible y la celebración empieza a desplegarse bajo la Catedral.

Entonces el Parc de la Mar cambia de escala. Las primeras filas se cubren la cabeza, el público calcula la distancia y la Catedral permanece al fondo, aparentemente ajena al ruido que crece a sus pies. A diferencia de otros correfocs, en los que los dimonis recorren calles y plazas, aquí el fuego se concentra en un único espacio. Las colles ocupan el parque y se mezclan con una multitud que no termina de ser solo espectadora: se acerca, retrocede y decide en cada momento hasta dónde quiere entrar.

Desde fuera, la escena parece difícil de ordenar. El humo borra parte del espacio, las figuras aparecen y desaparecen y la pirotecnia obliga a mirar en varias direcciones. Rafael Polonio Gómez, miembro fundador de Maleïts Encabritats, lo resume como «una caótica organización». El caos es lo que se ve. Debajo hay experiencia, códigos compartidos y atención constante a lo que sucede alrededor. Cada colla conoce sus movimientos, controla el material y sabe cuándo acercarse al público o detenerse. Quienes participan habitualmente también conocen las precauciones: ropa de algodón, cabeza cubierta y protección para los ojos. Otros descubren, quizá demasiado tarde, que las sandalias no eran la mejor elección.

El correfoc se entiende en la distancia que cada uno decide mantener con el fuego. No hace falta colocarse bajo las chispas para formar parte de la escena, pero tampoco se entiende del todo desde lejos. Cada colla tiene sus colores y sus rasgos. En Maleïts Encabritats predominan el ocre y el negro, y algunas máscaras incorporan cuernos auténticos de cabra. Aunque su apariencia resulte amenazante, Polonio rechaza la interpretación más literal: el dimoni no representa necesariamente al diablo, sino una figura más traviesa y provocadora, a la que se permite alterar el orden durante unas horas.

"Del Puig de Sant Pere al Parc de la Mar, la Revetla de Sant Joan ha crecido desde su origen vecinal hasta convertirse en una celebración abierta a toda la ciudad."
Foto: Ryan Noble / Black Goat
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