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ara descubrir la primera sidra de Menorca, hay que tomar un camino estrecho que serpentea hacia el sur de la isla. Es un remanso de paz donde las águilas planean sobre el campo. La casa había sido abandonada y, afortunadamente, ningún proyecto de agroturismo de lujo ha venido a perturbar la tranquilidad de este rincón aún rural. "El propietario accedió a alquilarme la finca a un precio razonable", explica David, "y a cambio yo voy renovando la casa sin alterar su carácter original." Un verdadero milagro en esta isla, donde las propiedades alcanzan ahora precios astronómicos. Es aquí, a 20 minutos a pie de Cala Turqueta, donde David Fiol Rotger plantó sus primeros manzanos, y es también aquí donde recibe a numerosos visitantes para darles a probar su sidra.
Todo comenzó hace tres años. En aquel momento, David vivía en Maó y trabajaba con niños con discapacidad. "En Menorca tenemos queso, vino y un poco de cerveza. Yo buscaba algo que aún no existiera." Como todas las buenas ideas, esta surgió durante una comida con amigos. Un amigo asturiano —de una región con una larga tradición sidrera— le sugirió: "¿Por qué no intentas hacer sidra con manzanas menorquinas?" Otro comensal, historiador, recordó que en el siglo XVIII, bajo el dominio británico, el gobernador Kane —famoso por haber construido la primera carretera que unía la entonces nueva capital, Maó, con Ciutadella— introdujo en la isla nuevas razas de ganado, cereales y manzanas. "La 'poma d'en Kane' procede de Somerset", explica David. "Con el tiempo —gracias a la evolución darwiniana— se ha adaptado al calor de Menorca. Al haberse vuelto mucho más dulce, le da a nuestra sidra un sabor distintivo que la diferencia de las sidras asturianas o normandas."
Aunque las manzanas están presentes en la isla desde la época romana, fueron los musulmanes quienes desarrollaron los huertos en los barrancs, esos barrancos naturales que protegen los cultivos del viento y retienen la humedad. Los manzanos se aclimataron tan bien allí que, a finales del siglo XIX, el archiduque Luis Salvador, gran explorador de las Islas Baleares, llegó a contar nada menos que 33 variedades.





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