
La idea de Coster no surgió de un momento concreto, sino de un proceso largo, casi orgánico. Está estrechamente ligada a mi propia trayectoria como artista y a una necesidad cada vez más clara de encontrar un espacio donde la creación pudiera desplegarse con mayor libertad, más conectada al entorno y al tiempo. Para mí, el arte no es solo un resultado, sino un proceso de escucha, atención y diálogo, y este es el enfoque que fundamenta todo el proyecto. En ese sentido, Coster no está concebido como un espacio expositivo convencional, sino como un lugar donde los procesos se valoran tanto como las obras en sí mismas.
En este sentido, el lugar en sí mismo fue fundamental. La finca a los pies del Puig de Maria que adquirí hace muchos años no era solo un espacio físico, sino un paisaje lleno de memoria, silencio y energía. Comencé a sentir que allí podía ocurrir algo diferente. Que el arte podía entrar en diálogo directo con la naturaleza, sin intermediarios y sin las presiones de los circuitos más convencionales.
También había un deseo personal de construir comunidad, de abrir procesos y no permanecer únicamente en la producción individual. Coster surgió de esta necesidad de compartir, de invitar a otros artistas a vivir, investigar y crear juntos en un contexto que favorece la escucha y la atención. Me resulta inspirador pensar que cada persona que pasa por aquí deja algo, y a la vez se lleva algo diferente. En definitiva, Coster es una extensión de mi manera de entender el arte, pero abierta a ser cuestionada, ampliada y transformada continuamente por otras perspectivas. Este flujo, este intercambio de experiencias, es lo que verdaderamente da sentido al proyecto.


Más que“llevar” el arte a la naturaleza, me interesa pensar que el arte ya forma partede ella, y que lo que hace Coster es crear las condiciones para que ese diálogose vuelva visible y consciente. La relación queme interesa no es decorativa ni superficial, sino profunda y recíproca. Elpaisaje no es un simple telón de fondo, sino un agente activo que influye,moldea y transforma los procesos creativos. Al mismo tiempo, la prácticaartística puede ayudarnos a mirar ese entorno de manera diferente, con mayoratención y sensibilidad. Me interesa undiálogo basado en la escucha, en el respeto por los ritmos naturales y en lacapacidad de dejarse afectar. Un intercambio en el que el artista no impone,sino que se relaciona, observa y responde.
Sobre todo, me gustaría que se llevaran una manera diferente de mirar y de estar. No tanto una idea fija ni un mensaje concreto, sino una experiencia que deje huella, por sutil que sea. Si algo queda, espero que sea una mayor conciencia de la atención: hacia el entorno, hacia el arte y hacia uno mismo. Vivimos a un ritmo muy acelerado, y Coster propone precisamente lo contrario: un espacio para detenerse, observar y escuchar.
También me interesa que los visitantes sientan una sensación de conexión: con el lugar, con los procesos y con las personas. Que perciban el arte no como algo lejano, sino como algo vivo, cercano y en constante transformación. Y quizás, en el mejor de los casos, que se marchen con una nueva pregunta. Porque a veces eso vale más que cualquier respuesta.



Convivir, compartir tiempo y trabajar en un entorno tan vinculado al paisaje y a la experiencia cotidiana genera vínculos que van más allá de lo estrictamente profesional. Surgen formas de confianza, intercambio y cercanía que, en muchos casos, se asemejan a la amistad.
Lo que me importa es que haya una relación humana genuina, no solo funcional. Que podamos hablar de procesos, dudas e incluso fracasos, no solo de resultados. Esto genera una complicidad que enriquece enormemente el trabajo.
Diría que es un equilibrio. Hay un proyecto que estructura la relación, pero dentro de él se desarrollan vínculos humanos muy reales, que son una parte fundamental de la experiencia Coster.
Es una de las dimensiones más importantes de Coster. Para mí, tiene poco sentido pensar en el arte contemporáneo como algo separado del contexto en el que se desarrolla, especialmente cuando ese contexto tiene una identidad tan fuerte como el paisaje y la comunidad local de Pollença. Esta comunidad aporta algo esencial: una relación directa, cotidiana y profundamente arraigada con el entorno.
La presencia de artistas internacionales aporta perspectivas distintas, nuevos lenguajes y formas de trabajar que enriquecen el lugar. Pero esta energía solo está verdaderamente completa cuando se encuentra con la realidad del territorio, con las personas que lo habitan y con su memoria. No se trata de “traer” cultura desde fuera, sino de crear un punto de encuentro donde ambos lados se transforman.
Mallorca es fundamental para la identidad de Coster, no solo como ubicación, sino como paisaje cultural, natural y simbólico. La luz, el ritmo del tiempo, la relación con la tierra, las paredes de piedra seca, la historia del territorio… todo ello no es meramente un telón de fondo, sino un material activo que atraviesa el proyecto.
El lugar concreto donde se ubica Coster, a los pies del Puig de Maria, también tiene una presencia muy particular. Es un espacio ya cargado de memoria y silencio, y esto moldea profundamente la manera en que se trabaja allí. No es un lugar neutro; exige una cierta actitud de atención y respeto.
Desde 2022, Coster ha ido tomando forma gradualmente, casi como si el propio proyecto estuviera aprendiendo a existir. Con el tiempo, el espacio ha ganado estructura, sin perder su sentido inicial de apertura e intuición. Las residencias, por ejemplo, han evolucionado de algo más experimental hacia un pilar central del proyecto, con dinámicas más refinadas y una mayor continuidad en los procesos.
La relación con los artistas y con el propio lugar también ha evolucionado. Cada edición, cada residencia y cada encuentro ha contribuido a construir una especie de memoria del espacio, que ahora forma parte de su identidad.
Otro cambio importante es que Coster ha encontrado su propio ritmo. Ya no es solo una idea o un proyecto en desarrollo, sino un lugar que está empezando a tener voz propia, conformada precisamente por las experiencias que pasan por él. Su evolución ha sido un proceso de sedimentación: capas superpuestas, decisiones refinadas y el proyecto asentándose sin perder su carácter abierto y vivo.
A largo plazo, me interesa que Coster se consolide no como un proyecto cerrado, sino como un organismo vivo, en constante transformación. Un lugar que pueda seguir creciendo sin perder su esencia original: la relación entre arte, naturaleza y territorio.
La visión no es crear un “modelo” que replicar, sino mantener un espacio que permanezca atento, flexible y abierto a lo que vaya surgiendo con el tiempo. Un lugar que pueda acoger a artistas de diferentes generaciones y procedencias, y continuar generando procesos en lugar de resultados fijos.
También me gustaría que el proyecto profundizara su conexión con el entorno local, no solo a través del arte, sino mediante un enfoque más amplio del cuidado, la investigación y la transmisión del paisaje.
Cuando camino por Coster, siento sobre todo una mezcla de calma y atención. Hay también una cierta sensación de extrañeza, en el mejor sentido posible: reconocer algo que ya has visto, y sin embargo descubrirlo de nuevo porque el contexto natural lo transforma. El paisaje no es un telón de fondo, es un interlocutor constante.
También hay una sensación de gratitud, por poder trabajar en un lugar así, por ver cómo los proyectos de otros artistas se van integrando paulatinamente en el espacio, y por la posibilidad de seguir descubriendo nuevas capas con el paso del tiempo.




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