
A
l entrar en la Catedral de Mallorca, la mirada acaba encontrando el baldaquino suspendido sobre el altar. Ligero, extraño y lleno de formas, lleva más de un siglo desafiando a la gravedad. Allí es fácil reconocer a Gaudí. También en las lámparas, la cerámica, los dorados y las pinturas de Jujol. Lo difícil es descubrir que su huella no está solo en los objetos, sino también en la manera en que hoy percibimos el espacio de la Catedral.
En 2026 se cumplen cien años de la muerte de Antoni Gaudí. La efeméride invita a volver sobre sus edificios más célebres, pero en Palma se conserva una obra difícil de comparar con cualquier otra de su trayectoria. La gran silueta de la Seu que se levanta sobre el mar pertenece a una historia que había comenzado muchos siglos antes. Gaudí no levantó aquí una casa, un parque o un templo desde sus cimientos. Su trabajo se desarrolló en un edificio ya construido, con su propia arquitectura y demasiadas decisiones acumuladas como para actuar como si nada de aquello existiera.
Para Mercè Gambús, historiadora del arte y una de las principales investigadoras de la reforma, este es el punto que permite comprenderlo todo. “Lo que hizo aquí en Mallorca no lo hizo nunca en ninguna otra obra suya”, explica. La Catedral fue el único gran edificio histórico ya construido sobre el que tuvo la oportunidad de intervenir. Antes de crear, tenía que escuchar.
Eso obliga a matizar el relato del genio que llega y transforma un monumento por pura intuición. Cuando el obispo Pere Joan Campins llamó a Gaudí, la reforma interior ya tenía antecedentes. Durante el siglo XIX, el deterioro del edificio había obligado a plantear una restauración profunda. Juan Bautista Peyronnet, responsable de la fachada principal que vemos hoy, había propuesto retirar el coro del centro de la nave y reorganizar la cabecera. Campins retomó aquel plan y lo convirtió en una restauración litúrgica: una intervención destinada a recuperar la organización que, según entendía, había dado sentido originalmente al templo. El obispo debía ocupar la cátedra, los canónigos situarse a su alrededor y los fieles participar delante, con visibilidad sobre la celebración.















