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Cien años después, la huella de Gaudí en la Catedral de Mallorca
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Mario Flores
sustainability 2030
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Cien años después, la huella de Gaudí en la Catedral de Mallorca
Aug 19, 2026
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Mario Flores
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Cien años después, la huella de Gaudí en la Catedral de Mallorca
Aug 19, 2026
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Mario Flores
Photo: Duncan Kendall
A

l entrar en la Catedral de Mallorca, la mirada acaba encontrando el baldaquino suspendido sobre el altar. Ligero, extraño y lleno de formas, lleva más de un siglo desafiando a la gravedad. Allí es fácil reconocer a Gaudí. También en las lámparas, la cerámica, los dorados y las pinturas de Jujol. Lo difícil es descubrir que su huella no está solo en los objetos, sino también en la manera en que hoy percibimos el espacio de la Catedral. 

En 2026 se cumplen cien años de la muerte de Antoni Gaudí. La efeméride invita a volver sobre sus edificios más célebres, pero en Palma se conserva una obra difícil de comparar con cualquier otra de su trayectoria. La gran silueta de la Seu que se levanta sobre el mar pertenece a una historia que había comenzado muchos siglos antes. Gaudí no levantó aquí una casa, un parque o un templo desde sus cimientos. Su trabajo se desarrolló en un edificio ya construido, con su propia arquitectura y demasiadas decisiones acumuladas como para actuar como si nada de aquello existiera. 

Para Mercè Gambús, historiadora del arte y una de las principales investigadoras de la reforma, este es el punto que permite comprenderlo todo. “Lo que hizo aquí en Mallorca no lo hizo nunca en ninguna otra obra suya”, explica. La Catedral fue el único gran edificio histórico ya construido sobre el que tuvo la oportunidad de intervenir. Antes de crear, tenía que escuchar. 

Eso obliga a matizar el relato del genio que llega y transforma un monumento por pura intuición. Cuando el obispo Pere Joan Campins llamó a Gaudí, la reforma interior ya tenía antecedentes. Durante el siglo XIX, el deterioro del edificio había obligado a plantear una restauración profunda. Juan Bautista Peyronnet, responsable de la fachada principal que vemos hoy, había propuesto retirar el coro del centro de la nave y reorganizar la cabecera. Campins retomó aquel plan y lo convirtió en una restauración litúrgica: una intervención destinada a recuperar la organización que, según entendía, había dado sentido originalmente al templo. El obispo debía ocupar la cátedra, los canónigos situarse a su alrededor y los fieles participar delante, con visibilidad sobre la celebración. 

G

audí encontró ahí su encargo. El coro ocupaba buena parte de la nave central y fragmentaba la visión del templo. La cabecera estaba condicionada por retablos y elementos de épocas diferentes. El altar quedaba lejos de una comunidad que apenas podía participar conjuntamente en las celebraciones. La primera gran operación no consistió en añadir, sino en quitar, mover y volver a ordenar.

El coro salió del centro de la nave. La sillería se trasladó alrededor del presbiterio. El altar avanzó hacia los fieles. La cátedra episcopal recuperó su posición y la Capilla de la Trinidad volvió a quedar visible. De pronto, la altura y la amplitud de la Catedral podían percibirse de otra manera. Gaudí no había construido aquellas bóvedas, pero al despejar la nave permitió que volvieran a percibirse en toda su amplitud. 

La luz también empezó a comportarse de otra manera. Al despejar la nave y liberar la cabecera, Gaudí no solo recuperó la profundidad del edificio: permitió que la iluminación volviera a ordenar el espacio y a conducir la mirada hacia el altar. Después reforzaría ese efecto con los vitrales, la luz eléctrica y los lampadarios colocados alrededor de las columnas. En la Seu, iluminar no era simplemente hacer más visible la arquitectura, sino decidir cómo debía ser percibida. 

Por eso Mercè utiliza una palabra especialmente útil para explicar su papel: escenógrafo. No porque la reforma fuera teatral, sino porque Gaudí organizó un escenario en el que las personas, el altar, la música, la luz y la arquitectura debían comunicarse. Su intervención dirigía la mirada y devolvía la nave al público. 

Después llegó el Gaudí que resulta más fácil señalar con el dedo. El hierro que se curva alrededor de las columnas. Los lampadarios que acercan visualmente la inmensidad del espacio a una escala más humana. La cerámica, el color y las pinturas desarrolladas junto a Josep Maria Jujol. Los vitrales, en los que experimentó superponiendo capas de vidrio de distintos colores. Y, sobre todo, el baldaquino. 

Nada de aquello fue el trabajo de un hombre aislado. Gaudí coordinó arquitectos, talleres y artesanos como quien dirige una orquesta. Joan Rubió, especialista en geometría y cálculo estructural, actuó como su representante en Mallorca durante sus ausencias. Jujol llevó la intervención hacia algunos de sus gestos más libres. La reforma integra hierro, madera, piedra, vidrio, pintura y cerámica sin separar claramente arquitectura, objeto y decoración. 

"La intervención del arquitecto transformó el espacio, la luz y la relación entre los fieles y el templo, sin borrar los siglos de historia que la precedieron."
Photo: Duncan Kendall
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