S
u relación con la astronomía empezó de niño, cuando su padre le enseñó a reconocer algunas constelaciones. Tiempo después encontró en un amigo la compañía con la que seguir explorando el cielo, al principio con poco más que unos prismáticos. Años más tarde impartiría durante dos décadas un taller de astronomía para jóvenes, a quienes recomendaba empezar del mismo modo: sin grandes inversiones y con alguien que les ayudara a entender lo que estaban viendo. “Hace cuarenta años que estoy en esto y nunca termino”, reconoce. Pese a ello, nunca ha visto un eclipse total de Sol. Aunque se producen periódicamente en algún punto del planeta, la totalidad solo puede contemplarse desde una franja muy estrecha. “Que te pase por encima la sombra de la Luna es muy raro”, explica. La última vez que esa sombra cruzó Baleares fue en 1905. La próxima no llegará hasta 2180. Entre ambas fechas, varias generaciones no habrán tenido la oportunidad de vivir un eclipse total desde las islas. La totalidad durará 96 segundos, pero el eclipse habrá comenzado casi una hora antes. A partir de las 19.38 horas, la Luna avanzará lentamente sobre el Sol. Durante buena parte de ese tiempo, el cambio será más fácil de apreciar en el disco solar que en el paisaje. Solo cuando quede menos superficie iluminada, la luz empezará a comportarse de una forma poco habitual.
No será exactamente la de un atardecer ni la de un día nublado. Perderá intensidad sin adquirir la calidez propia del final de la tarde. Los colores parecerán más apagados, las sombras se definirán con mayor precisión y la temperatura puede descender ligeramente. Los últimos segundos antes de la totalidad concentrarán algunos de los fenómenos más singulares. La superficie de la Luna no es lisa: está formada por montañas, cráteres y valles. Cuando solo quede una franja mínima de Sol, sus rayos atravesarán esos desniveles y aparecerán separados en pequeños puntos luminosos. Son las llamadas perlas de Baily. Cuando desaparezcan casi todas y permanezca un único destello, la imagen se parecerá por un instante a un anillo con una piedra brillante. De ahí su nombre: el anillo de diamante. Será el último rayo directo antes de que la Luna cubra completamente el Sol. Entonces aparecerá la corona solar. Está siempre ahí, extendiéndose alrededor del Sol, pero el resplandor de su superficie impide verla en condiciones normales. Solo cuando la Luna lo oculta por completo se revela esa envoltura blanquecina, irregular y tenue, que puede prolongarse más allá del disco oscuro.
Durante esos 96 segundos, la mirada no tendrá que permanecer fija únicamente en el cielo. El horizonte puede adquirir tonos anaranjados en todas direcciones, como si el atardecer rodeara la isla. Algunas estrellas y planetas podrán hacerse visibles en pleno día. También es posible que aves e insectos reaccionen a la oscuridad repentina, reduzcan su actividad o busquen refugio como si la noche hubiera llegado antes de tiempo. Después aparecerá un primer punto de luz al otro lado de la Luna. El anillo de diamante se repetirá a la inversa, la corona volverá a desaparecer bajo el resplandor y el día empezará a reconstruirse.
Durante la totalidad, el Sol estará muy cerca del horizonte. No bastará con mirar hacia el oeste; habrá que disponer de una línea de visión sin edificios, árboles o montañas. Un consejo sencillo consiste en acercarse al lugar elegido durante los días anteriores, a la misma hora, y comprobar si el Sol continúa siendo visible.